¿Quién mata la Filosofía?

La nueva reforma educativa del ministro Wert ha puesto en pie de guerra a muchos sectores de la educación secundaria y universitaria, entre ellos al gremio de la Filosofía. La eliminación de dos de las tres materias obligatorias que componen el ciclo de estudios de Filosofía en la educación secundaria pero también el claro menosprecio con que es tratada en el borrador del Plan Estatal de Investigación 2013-2016 y que la condena a una previsible ausencia de financiación ha hecho que la comunidad filosófica, sobre todo con la creación de la REF (Red Estatal de Filosofía) y bajo el lema “¿Quién teme a la Filosofía?”, haya empezado a movilizarse.
Ahora bien, nadie teme a la Filosofía, por eso actualmente es tan sencilla de eliminar. ¿La filosofía se muere… o la están matando? ¿Quiénes son los autores de este asesinato? ¿Y sus cómplices? Desde luego estamos ante un crimen y no ante una muerte natural. Pero el crimen es doble: no sólo los planes estatales y europeos han asestado su golpe de cuchillo contra ella; también desde dentro ha sido herida de gravedad.
Pero este ‘interior’ tiene un espacio concreto: el espacio de la institución pública, de la Academia, que se ha dedicado a impartir cátedra en centros de secundaria y en la universidad. La Filosofía se anquilosó entre los muros de los centros docentes, se convirtió en mera erudición, en mero repaso histórico de tendencias de pensamiento y en mera preparación curricular. Y esto a lo sumo, con suerte. Porque esta erudición, además, en muchos casos, estaba vacía. Una nada hinchada a base de currículums de profesores que en verdad dejaron de investigar y de pensar filosóficamente hace décadas. Ahora, cuando sobreviene la tormenta de su posible aniquilación, cuando ven peligrar las paredes de la institución que les dio cobijo y por la que muchos dejaron atrás la valentía, como un enfermo que hubiera pasado tiempo interminable postrado en una cama, comienzan a mover sus débiles miembros para proteger su madriguera.
Hay excepciones, por supuesto, pero como tales son las menos. Aun así, son las verdaderamente capaces de crear cierta resistencia aún, de ejercer, de verdad, el noble oficio filosófico, de seguir creando conceptos, aprehendiendo la realidad, buscando ‘la cosa misma’.
Si la corrupción y el cinismo se han cebado en nuestra sociedad y si, del mismo modo, el pensamiento tecnocrático, economicista y neoliberal, se ha convertido en el paradigma dominante de la gobernanza mundial, la Filosofía no ha sido en absoluto ajena a su contagio. Hace tiempo que perdió la batalla de las ideas. Despertémonos de una vez, la Filosofía no es per se un lugar de sacrosanta y eterna pureza intelectual. La Filosofía, como la realidad misma, es múltiple y deviene, así a ella también le acechan los mismos males que a todos las otras dimensiones humanas.
No obstante, este contexto de crisis de las ciencias humanas tiene una peculiaridad en el ámbito filosófico (quizá también en el resto): la Filosofía puede convertirse en su propia enemiga, en su contrario… en necedad. Por tanto, deja de ser Filosofía y es así que muere, que es asesinada tanto por los recortes como por los mismos que dicen ser sus portavoces.
Si, como decía Deleuze, la Filosofía sirve para entristecer, para resistir a la estupidez y a la majadería con su sola existencia, entonces al mirar a nuestro alrededor constatamos que su labor ha sido exigua dados los resultados, que acabó cediendo a una ideología y a unos modos de existencia que la hicieron sepulturera de sí misma.
Ahora bien, en aquellos núcleos en que resiste, existe o debe existir la convicción de que no basta con la defensa del status quo anterior a las medidas que en la actualidad quieren acabar definitivamente con ella. Los recortes no son más que la conclusión de toda una larga y dramática historia por la cual se ha ido desangrando a nuestra vista. Tampoco es suficiente con reclamar más espacio para ella en una institución que se asienta sobre un sistema decadente y que ha propiciado su debilitamiento. Esto es incluso contradictorio. La Filosofía, si lo es, se encuentra siempre al acecho de su realidad, tratando de cazarla para diseccionarla y extraer de ella los conceptos que logren transformarla, las ‘ideas-fuerza’ que procuren su movimiento. Como afirmaba Deuleze: “Los libros de Filosofía y las obras de arte (…) tienen en común la resistencia, la resistencia a la muerte, a la servidumbre, a lo intolerable, a la vergüenza, al presente”. Éste es su verdadero valor, el único que realmente podemos pretender con verdad. En consecuencia, exigir su presencia en el mundo, reconocerle un lugar y admitir su legitimidad, pasa inevitablemente por querer conjurar todos los males a los que el ser humano se enfrenta hoy, pasa, en definitiva, por demandar la transformación del mundo y ansiar el instante kairológico en que ésta sea posible.

Así, la Filosofía siempre estará dentro y fuera del mundo al mismo tiempo, dentro, en su tejido, atareada con los quehaceres diarios (su docencia, la investigación, la divulgación), pero, al mismo tiempo, siempre se colocará fuera para conseguir la distancia justa en que sea capaz de crear conceptos que, simultáneamente, transgredan y enganchen a lo real.
En este sentido el espacio público en que ella se incardina no puede continuar la senda actual si de veras ha de acogerla, si está dispuesto a insertar dentro de sí algo que traspasa su propio límite y zarandea sus cimientos. Si durante un tiempo la acogió, esto sólo fue una ficción: no era Filosofía. Reclamémosla, pues, con la seriedad que requiere.

ASEFI

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