¡¡Abajo los muros de todas las Guarderías!!

Nos gustan los diccionarios. Su olor rancio nos hace pensar en casas victorianas llenas de fantasmas a los que tenderles trampas. Si los deshojas con habilidad, puedes alimentar un fuego durante varias horas. Si amontonas un montón, te sale una barricada más resistente de lo que pueda parecer. Y no hay que descartar su valor como arma arrojadiza. Los cantos del Panhispánico de dudas pueden agrietar el escudo de un antidisturbio, así lo demuestran, al menos, nuestras pruebas de laboratorio.

Nos gusta jugar a desviarlos. Elegimos una palabra al azar y le damos un nuevo significado. Así, Azafate es un campo grande donde la gente va a descargar su furia y Lampo es un escupitajo que se consigue lanzar a más de dos metros de distancia. Podrán parecer juegos sin trascendencia pero se trata de un acción prerrevolucionaria. La realidad y las palabras viven unidas, una y otras se van construyendo mutuamente. Nosotros lo sabemos y, por eso, mimamos a las palabras, les damos cariño y les concedemos todos sus deseos. Sabemos que el mundo nuevo que tanto anhelamos se enreda entre sus fonemas y algún día acabará por brotar. El Poder también lo sabe y por eso las manipula tanto y tanto.

El Poder desvirtúa el sentido de algunas palabras. Y otras las esconde. Tal es el caso de la palabra “guardería”. Ya no se puede usar. En su lugar hay que decir “Escuela infantil”. Guardería suena a algo antiguo y simplón, un simple almacén de niños. Escuela infantil, por el contrario, es una expresión llena de promesas. Niños rodeados de juguetes que les estimulan, de chicas con un grado formativo medio o superior que les hacen rellenar fichas y les hacen bailar en fiestas navideñas, padres que los entregan al Estado por su propio bien. Pero sabemos lo que son las escuelas y sabemos lo que debería ser la infancia.

Las escuelas son guarderías, las llamen como las llamen. Lugares en los que se encierra, a veces para siempre, la imaginación, el juego, las esperanzas, la individualidad, la espontaneidad, la generosidad… Y no son las únicas. Nuestra vida, la que otros nos han diseñado, transcurre de guardería en guardería. Lo que de infancia haya quedado a la edad de tres años, se debe perder durante la estancia en el colegio. El desconcierto, la angustia, la terrible fuerza de la pubertad debe olvidarse en el instituto. Las piedras que deberían ser arrojadas al Sistema se esconden debajo del pupitre universitario y se cambian por créditos rebuscados debajo de cualquier basura. En el trabajo perdemos los últimos rescoldos de humanidad que nos quedan, adiós para siempre al futuro. En el hogar familiar escondemos la sexualidad, las infinitas posibilidades del amor, la belleza imperfecta (valga la redundancia) de los cuerpos. Guarderías por todas partes. Jaulas con nombres distintos donde dejar encerrada la Vida mientras nos limitamos a sobrevivir.

Que la guardería que estáis viendo en las imágenes esté a medio construir en mitad de una rambla, modifica el disparate de forma cuantitativa pero no cualitativa. ¿Qué hace un bebé de cuatro meses encerrado entre paredes y colores chillones cuando debería estar en brazos de su madre, mamando a su antojo? ¿Qué es eso de empezar a rellenar fichas antes del año de edad? Lo queramos o no, todos somos niños perdidos, nos guardan en esos edificios y nos devuelven al exterior huérfanos, desorientados. Ni siquiera nos queda el consuelo de vivir en Nunca Jamás.

Por eso, porque no nos gusta la ciudad tal y como es, porque si debemos ser Niños Perdidos exigimos pelear contra el Capitán Garfio y porque no aceptamos la realidad que estipula el diccionario, es por lo que nos hemos empeñado en convertir una guardería en medio de una rambla en una galería de arte popular. Ya lo hemos hecho dos veces y lo repetiremos cada vez que nos dé la gana.

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3 comentarios to “¡¡Abajo los muros de todas las Guarderías!!”

  1. ESTAS TONTO CHAVAL!!!

  2. y abajo las cárceles también…juas.

  3. te aprieta la gorra y no eres capaz de pensar por ti mismo, supongo que es la edad. tranquilo se pasa

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