Crónica de la visita de Jose María Aznar a Murcia -Diciembre 2012-

 
       Hace escasas horas nos hemos reunido un grupo de escasos manifestantes para saludar al Sr. Aznar como se merece. El ex-Presidente de este circo al que seguimos llamando Gobierno ha entrado como corresponde a los de su especie: por la puerta lateral, cual rata sibilina; protegido por las Fuerzas de Seguridad del Estado, pues es norma común en nuestro país que el Cuerpo interponga sus músculos entre los Gobernantes y su Pueblo por una evidente falta de aprecio mutuo, respeto y amor; arropado por los de su casta y muy muy fotografiado, pues siempre es noticia porque el Sistema existe así: retroalimentándose, vendiendo las imágenes de sus ídolos en estampitas con forma de periódico.
Nunca antes había estado tan cerca de este personaje y la fortuna ha querido hoy colocarme a pocos metros del bicho. Para compartir mis emociones e impresiones quisiera, me gustaría, rescatar las teorías del S.XVII sobre fisiognomía, esta pseudociencia que sostenía, básicamente, lo que viene a decir el dicho popular: “la cara es el espejo del alma”. Es el Sr. Aznar un ser repugnante, bastante desagradable de ver; su piel blancuzca y brillosa recuerda a la de los anfibios: húmeda y escurridiza, un tanto viscosa. Me acordé inmediatamente de las larvas, y de los curas pedófilos, que siempre he imaginado así, frotándose las indecentes manecillas como si fueran insectos. Tiene mirada de araña y esa risa como de espasmo, de la que he sido testigo en todo su horror y ascosidad, con ese gesto tan repulsivo que tantas veces hemos visto por la televisión: es muchísimo peor en directo. No hay operación de cirugía estética ni bigote mal crecido que oculte esa gran verdad que anuncia el Sr. Aznar en su cara: es un individuo a todas luces siniestro y pérfido.
        Me ha dado tiempo a gritarle ¡FASCISTA! antes de que un compañero- que-soy-compañero-coño me estrangulara el brazo para amablemente encauzarme hacia el grupo de las ovejas negras. A un ovejo negro que iba a mi lado le ha puesto un agente uniformado dos deditos con sus dos yemitas en el cuello, de tal manera que lo ha dejado totalmente inmovilizado y ha considerado oportuno –para evitar revueltas, sin duda- susurrarle al oído: “si la montas te parto la cabeza”. Posteriormente, ambos hemos sido arrojados como sacos de harina contra el resto del rebaño.
      Las ovejas negras hoy éramos muy pocas, pero como siempre somos peligrosos y resultamos muy amenazantes, el dispositivo policial estaba a la altura: tres lecheras en una placita aledaña, decenas de agentes uniformados a la entrada estratégica de las calles adyacentes y un número indeterminado de agentes -en vaqueros y cazadoras con llamativos pinganillos- que superaba con creces el número de viandantes que, ajenos a la política de calle y a los numeritos de mono titiritero del Sistema, no entendía por qué por allí no se podía pasar. De los versos del Beatus ille del poeta romano Horacio, quisiera ofrecer hoy otra lectura: la crítica fiera a todos aquellos ajenos, a los apacibles, a los de indignación de cantina, a los encogidos de hombros, a los inamovibles, a los inconmovibles. Quisiera dedicársela a todas las ovejas que no estuvieron hoy aquí habiéndose apuntado al evento en facebook (conté más de 200 antes de salir de casa y no llegábamos a los 30).
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